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24 Aug

El "berretín" de las cosas idas... "De los oficios y la vida"

 

Hoy una historia de un "viejo almacenero", Don Gotardo Ghilardi. Una semblanza de la inolvidable Gloria Gennai

 

 

Gloria Gennai vivió el tiempo suficiente para todo lo que nos legó con sus relatos, prosas y poesías; y ese mismo tiempo fue absolutamente insuficiente para todo lo que todavía podía brindarnos, e inevitablemente dejó sin hacer. Es que se nos fue demasiado pronto, así, de un golpe, y nos dejó el corazón a la intemperie y un montón de sensaciones agolpadas haciéndonos un nudo en la garganta. Pero de todo aquello que hizo, nos encontramos a cada paso con prosas de un estilo incomparable, como la que hoy compartiremos...




Sabio en sinsabores, sobreviviente de retoño y entero para aceptarlo. Alto y flaco, figura atardecida de piel y huesos bien unidos para pelear la vida. El andar ágil y medio de costado, una gorra con visera y en ocasiones especiales su sombrero de fieltro marrón, era su marcha y la manera de reconocerlo de lejos. Noventa y cinco o noventa y seis; me anotaron tarde, alardeaba don Ghilardi, el almacenero más viejo de la ciudad y en actividad. El almacén su identidad. Uno no era sin el otro. Alto y viejo como él, se mantiene a fuerza de voluntad y remiendo en las paredes. Las tablas quebradas del piso, cuelan oscuridad y sótano. Techo con tirantes y ladrillos, donde la lluvia es un plácido juego de goteras contenido en insólitos recipientes. Las ventanas con postigos, vidrios empolvados y calcomanías desteñidas son resignadas prisioneras de rejas herrumbradas. El mostrador cercano a la ventana tiene muescas, para ser metro, en el corte aproximado de elástico, alambre o hilo sisal. A su lado, una vitrina deja ver entre tizas, frascos de naftalinas, chupetines y masticables, dos fotografías sepiadas: la del frente, el equipo de fútbol de Athletic año 1931, y a Don Gotardo en cuclillas, jugador número 10. La de la izquierda, (para ser mirada entre pesada y pesada de la balanza Bianchi legítima). El patio de la casa materna en la calle Moreno y la madre de Don Gotardo, cabellos canos, rodete y largo batón, con una olla en su mano derecha, en la tarea cotidiana de dar de comer a las gallinas, grano a grano, desparramados en la tierra domesticada por juegos y escoba. Al fondo, premonitorio, un cajón con sifones. 

En el piso, damajuanas de tinto y blanco, continentes de incalculables litro de vino "bautizado". Así es más barato y emborracha menos, explicaba con picardía Don Gotardo. 

Al lado de la puerta principal, (con cencerro y tranca) el mostrador y estante de las gaseosas, bebidas "blancas" y sifones. Verdes, blancos y azules, los que se atreven a no ser blindados se alineaban transparentes y orgullosos. Los otros, obligados por el progreso semejan corazas medievales, acechando detrás de las gaseosas. Y eran música de barrio cuando sonaban en el bolso de Doña Ema, Rosa o  el jubilado de la vuelta.

Fabricar la soda. Responsabilidad absoluta de cada momento en que el almacén quedaba sin clientes, o en las siestas de verano cuando la demanda de soda era mayor.

La máquina, de bronce y tan antigua como él, tiene secretos y mañas que solo Don Gotardo entendía y respetaba. El manómetro, detenido (vaya a saber uno desde cuando), fue reemplazado por la eficacia del oficio a ojo y oído.

Parado frente a ella, accionaba la llave de encendido. La deshilachada y resistente correa, abrazada a dos poleas, ponía en funcionamiento el proceso de la soda y un sordo rumor se esparcía por el patio, la parra y la huerta. De inmediato, invertía el sifón en la cavidad correspondiente. La mano derecha en la palanca, la izquierda en la llave del tubo con anhidrido carbónico. Su pié izquierdo en el pedal. Con firmeza y total atención daba el golpe justo y un torbellino de agua y burbujas ascendía por el envase hasta llenarlo. Así hasta terminar.

Luego... el ir y venir hasta los estantes del almacén transportando de a cuatro o cinco sifones en cada mano. Su manos... creciendo y padeciendo en tamaño, fuerza y cicatrices por tanto acarreo, trabajo y algún reventón.

Almacenero, con venta al menudeo menudo. Medio kilo de arroz, un cuarto de yerba y azúcar, fideos sueltos, disimulaban la miseria y el hambre de los inundados, hacinados en los galpones de la Estación. Tres huevos regalados, ramito de perejil y orégano de la huerta, medio kilo de papas ( algunas picadas) al costo y una receta propia, eran almuerzo de tortilla para el Sordo, quien le dejaba en trueque, tomates "tomados" -porque son de Dios- de alguna quinta cercana al cementerio.

Los chicos, sabían que luego de la compra, la mano grande y cerrada del Viejo Ghilardi contenía indefectiblemente la dulzura de caramelos masticables.

Los grandes, "estiraban" la libreta si la huelga, la salud o el casamiento del hijo mayor justificaban la espera para saldar la cuenta o comenzar de cero. Juárez Celman y 9 de Julio, a una cuadra y media de la Estación, la esquina de Don Gotardo. Se lo solía ver en las siestas de julio cortando pastos en la vereda de ladrillos. Una sonrisa tierna y cómplice era el saludo a la pareja que cruzaba hacia el centro. La mano levantada para el amigo en bicicleta, con la caña de pescar adosada al costado, rumbo al Rowing. ¿Cómo le va, Don Ghilardi? Chiappa cinque é mangia dieci (agarrá cinco y come diez) filosofaba con el dicho tano y universal de su padre, de los primeros carboneros y licoreros de Pueblo Aguirre.

Los días de Don Ghilardi eran largos, porque cada minuto lo transformaba en horas para vivir más. Entonces, una se replanteaba tedio y momentos durados, no necesitaba y era necesario a muchos.Tarareaba tangos entre mate y mate, mirando volar calandrias entre las pocas ramas que le dejó al ciruelo, empeñado en podarlo tantas veces. No me calienta el sol con tantas ramas, no me calienta el sol, repetía ante las insistencias por el árbol mal podado.

Nació estrenando el siglo y a su manera lo acompañaba.

De joven, fui maquinista de cosechadoras a vapor y andábamos recogiendo trigo y maíz por la provincia de Santa Fe y Córdoba, allá por el treinta, cuando la cuadrilla era todo esfuerzo, soles, lejanías y poca paga. Si el mate y el compañero lo permitían, seguía
desempolvando pasado.







Por el 20 y principios del 30 jugué en Unión y después en Athletic, me decían "El técnico", por las estrategias y las jugadas "pensadas". A mi hermano Hugo, "Colectivo" , por el ímpetu y la fuerza. Cuando comenzó a jugar Italo, el menor, le pusieron "Colectivito". Nadé y remé con los fundadores del Rowing. Me atrevía a las regatas y de vez en cuando, boxeaba en el café de Gasparini.

Esbozaba una sonrisa pícara, cuando confesaba que casi todas las muchachas de su tiempo, algún "filito" tuvieron con él.

En la mañana del 20 de Julio de 1969, acompañé el primer paso a la luna, en un enorme televisor blanco y negro, donde la lluvia era gran parte de la imagen y en mis repartos de soda, allá por el cuarenta, afirmaba que el hombre, con paciencia y ciencia llegaría a la luna. Quienes me escuchaban, movían la cabeza y sonreían ante tamaña tontería.

Nació estrenando el siglo y a su manera lo acompañaba.

Sus proyectos inmediatos; el almacén abierto, un quini ganador y el 2000.

El olor y sonido cotidiano de sombra y presencia se van alivianando en la casi penumbra de las ventanas. Altos estantes, polvo. Sifones vacíos. Kilómetros y kilómetros de vida y almacén transitados por tablas gastadas. Pedazos de silencios y telarañas se descuelgan de los tirantes. El cartel de la puerta principal, por la calle 9 de Julio, ha tomado el perdurable protagonismo de CERRADO, desautorizando a su compañero de esquina, por Juárez Celman, que amigablemente indica "Pase por el portón".-


Hasta aquí la impecable prosa de Gloria. Nos queremos despedir hasta nuestro próximo encuentro, compartiendo este Poema inédito y referencial de aquella época que lo invitamos a recorrer verso a verso. 

"En mis tiempos, el día andaba despacio / Había tiempo de pasear y de hacer los mandados / los cuentos del abuelo se hacían más largos / la voz del cartero llegaba volando / y el viento dormía en la esquina del barrio / Todo era distinto, casi nada parecía malo / La Vida en mis tiempos cabía en un Patio..."


Agradecemos a: 

Rosario Petta de Santoro, Juan J. Secone, Roberto De Giácomo, Cato López, Lito Dilonardo.


* Este material fue publicado originalmente en TEMAS & NEGOCIOS .
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