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23/09/14

El "berretín" de las cosas idas... "que barrio, aquel barrio"

 

La propuesta en este número, es compartir una prosa inédita, nunca publicada, de Francisco "Pancho"Pastinante, y su paleta impregnada de nostalgias, para pintarnos el Alma, con sus Pinceladas de Recuerdos

 

 

El barrio, "nuestro barrio", es bastante más que una noción de catastro; es un paisaje interior, un código de vida, un pasaporte a emociones idas; porque tiene su propia música, su propio perfume, y es una suerte de familiaridad con lo cotidiano, una posibilidad que se renueva todos los días, de ingresar a un mundo tan reconocible como entrañable, porque el amor al Pueblo y al barrio que nos vio crecer, y a sus calles y veredas le "agujerean a uno los zapatos" y así repiquetean intensamente en lo más profundo del corazón. Por eso la propuesta en este número, es compartir una prosa inédita, nunca publicada, de Francisco "Pancho"Pastinante, y su paleta impregnada de nostalgias, para pintarnos el Alma, con sus Pinceladas de Recuerdos, titulada:




De vez en cuando el ser humano hurgando en el tiempo ido, de nostalgias y recuerdos, rememora los días de su niñez, de su adolescencia, y no puede evitar caer en estado de dulce melancolía.

Como en un tablero de ajedrez vuelven a armarse todas las instancias de la época. La ternura aflora y rostros de seres queridos vuelven a actualizarse. Amigos y vecinos que se fueron, que actuaron con la naturalidad de los hombres simples, tienden a ser recordados.

Esto sucede cuando acuden a mi memoria, los detalles que fueron las cosas de mi barrio... aquel barrio de Belgrano y Victoria, con sus sombras, sus noches, sus días y su gente.

Hasta mediados de 1927 viví en esa esquina, y a partir de allí en Belgrano 742, lugar en el que hoy convivo con mi familia.

Escenario de una época tan distinta. El ayer de calles de tierra, con cunetas que enmarcaban sus costados y de tanto en tanto un puentecito de madera o de hormigón, para que los vecinos tuvieran fácil acceso a la vereda de ladrillos criollos. En los días de lluvias, en las esquinas y en la media cuadra, Don José Settecasse y Don Adolfo Filocco, munidos de palas anchas abrían el caminito de cruce de las calles y luego lo cubrían de virutas de sauce de las fábricas de sillas, para que todos los vecinos cruzaran, sin ensuciar de barro sus calzados. ¿No era eso un acto de solidaridad y respeto hacia la vecindad amiga...?

En las noches de verano cuando las familias después de la cena, salían a la vereda a sentarse en sus sillas bajas de paja, dispuestos a conversar con sus vecinos sobre tantas cosas comunes. ¿No era eso un acto de amistad y cariño hacia sus amigos?

En esos días en que el Cine Sociedad Italiana no exhibía películas, Don José ponía en funcionamiento su equipo transmisor de música y en forma suave pasaba aquellos discos inolvidables de la época, para que las familias que gozaban del fresco en sus veredas, escucharan tranquilamente. ¿No era eso un acto de atenta delicadeza hacia sus vecinos? Todo, hasta el menor gesto, en esos tiempos se valorizaba el sentido de la amistad, de la humildad, de la sencillez.

Eran en realidad otras épocas, otro concepto de convivencia, sin desmedro de las formas actuales... Eran tiempos distintos.

Mi barrio... aquel barrio de los años 1921 a 1934 en que yo fui parte de él, que viví sus horas, ha quedado impreso en mi mente como un "casette".

Rememoro el almacén y despacho de bebidas "Los Colonos", cuyo propietario era mi padre; la casa de negocios de Ramos Generales de "Nicolás Lucente e Hijos", verdadero emporio comercial; la "Tienda tira fuerte y no se rompe" de Nicolás Colacrai, que vendía mascarones, caretas y disfraces; el Cine "Sociedad Italiana" de Don José Settecasse; el cine inolvidable; la mercería de Carlos Travella; el negocio de lotería y librería "La Unión" de Don Liberato Cianci y en los fondos de su casa la primera gomería que tenía en sociedad con L. Caiola.

Al frente, la Panadería "La Lira"de Segundo Canedo, que vendió a Eduardo Coppo, sucediendo luego, Rodríguez y Malacalza y después, Malacalza, Gallego y Miraglia.

En el galpón, al fondo del terreno, en la época de Canedo se armó la gran Cruz de madera que aún hoy es patrimonio de la Iglesia de la Asunción de María. Esa Cruz agregada a la efigie de Jesús, todos los años es paseada por la ciudad, integrando la procesión de las Fiestas Patronales del 15 de Agosto.

En la misma cuadra la peluquería de "hombres y mujeres" de Héctor Conti, el milanés, que habilitara un salón exclusivo para Damas. Se especializaba en peinados y corte de pelo a la "Croquiñol" y a la "Garzone", novedad que había traído de Milán, su
querida ciudad.

En la esquina de Libertad y Belgrano, Francisco Borselli, cerealista, tenía su escritorio. En el interior de su propiedad estaba el depósito de máquinas agrícolas, que en tiempos de cosecha se transformaban en símbolos de paz y trabajo.

El tramo de Belgrano y Libertad podía llamarse el corazón de la barriada, que lógicamente se extendía a las calles adyacentes. En ese tramo, la de los números impares, las casas de familias eran habitadas por Doña Elisa Quaglia de Lucente y Doña Emilia Quaglia de Romanini, quizás las más tradicionales familias de la vecindad. Luego los Ayaza y en esa misma casa Don Vicente Loyza, su esposa y sus hijos. Uno de ellos, Martín, fue un destacado médico que tiempo después se instaló en Villa Amelia; otro fue militar de la Aviación que un día falleció en un accidente en Campo de Mayo. Pero uno de ellos, Eduardo por primera vez en Arroyo Seco y en un partido de fútbol entre Unión y Athletic, instaló una red de altoparlantes y transmitió desde la cancha de Athletic. De su relato quedó como anécdota aquella frase que propalara; "Avanza poderosamente Athletic...gol de Unión". Gino Del Prete, que jugaba en alpargatas con permiso especial, desde media cancha batió a Zariaga, con un impresionante shot.

Tiempo después los Loyza se trasladaron a Rosario, y esa propiedad la ocupó don Víctor Urquiza y su familia. Se había jubilado como jefe de la estación del ferrocarril Central Argentino. A continuación existía un lote inmenso que trabajaba como quinta Don Filocco, que regalaba muchas veces a sus vecinos los frutos cosechados.También esto era un gesto de buen vecino.

Lindaba con ese terreno Bernardino Lencina, que vivía con su familia. En la misma casa, que era muy grande, alquilaba Teodoro Coroso, su esposa y sus hijas Angela y Pepita, recordadas maestras. En el salón al frente, funcionaba el Juzgado de Paz, cuyo Juez era Adrián Córdoba y su ayudante J. Ceballos. A continuación la familia Marino; una de sus hijas, la Srta. Cayetana, fue mi maestra; digna señora de la docencia. Poco tiempo después se mudaron, y la casa fue ocupada por la familia Harrington.

Harrington, fue un excepcional violinista que lamentaba su suerte. Había actuado en la Scala de Milán. Cuando vino a nuestro país, mas precisamente a Arroyo Seco; por el traslado de su esposa, maestra de la Escuela Nº 73, integró algunas orquestas locales. En una de esas noches actuó en el Paraje La Lata. Ironías del destino. De allí su expresión; el profesor Harrington actuó de la "Scala a La Lata".

Barrio de recuerdos y de chicos que desde las 13 hasta las 15 horas, todos los días jugaban al fútbol. Junto a otros chicos de barrios vecinos resolvían los desafíos al fútbol. Formaban dos equipos; "La Lira" por un lado y "La Unión" por el otro. En este equipo el arquero era un perro de policía adiestrado, que se llamaba "Rugby". El único problema era que alguna vez al atrapar la pelota de goma, sus incisivos dientes la agujereaban y allí se acababa el partido. Los conductores de algún Ford T o Chevrolet, o algún sulky que por Belgrano pasaban, expresaban su disgusto, por no poder hacerlo libremente. Por la noche jugaban al preso o a las escondidas bajo la débil luz de los faroles del centro de la cuadra.

Barrio que tenía una alta cuota de romanticismo. La sombra de los árboles y la escasa luz, eran el marco necesario para los enamorados que soñaban, bajo la vigilante mirada de las madres. Mientras tanto las niñas pequeñas jugaban a las rondas infantiles.






Cuántas veces he pensado en ese tiempo y cuántas me he preguntado sobre las diferencias de aquella a esta época. Indudablemente el confort, el progreso, la ciudad en marcha; influyen en las personas que van subestimando los valores éticos, los sentimientos, las costumbres, para dar paso al eufemismo, las trivialidades, al desapego por las cosas fundamentales. Todo tiende a la desintegración gradual de los principios. Pido a Dios que todo se revierta, que esto no suceda.

El problema es mas bien moral; se han perdido los lineamientos de una cultura adecuada que hace tiempo no se ejercita y sus consecuencias empobrecen a una sociedad que todo lo absorbe. Estamos en tiempos de flagelos, de drogadicción, de desatinos morales; falta de respeto a todo lo que nos rodea.

Todo puede cambiar si apuntalamos la familia, si somos solidarios de verdad, si nos duele la herida ajena, si alguna vez entendemos que el vecino sufre, si valorizamos el amor, si sabemos que tenemos pasado, si recordamos nuestras raíces, si volvemos a rememorar todas aquellas cosas de agradables añoranzas.

Así nos ofreceremos de hoy en más, a otras perspectivas que reafirmarán nuestra fe en el futuro. Todo esto nos permitirá avanzar en pos de nuevos caminos, en la recuperación de terrenos perdidos. Los pueblos tienen historia, si se abreva en ella habrá futuro. Allí están los hombres y las mujeres para el esperado reencuentro.


Agradecimientos: 

Rita y Eduardo Pastinante, Teresa y José Malacalza


* Este material fue publicado originalmente en TEMAS & NEGOCIOS .

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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