27 Jul

El "berretín" de las cosas idas... Distancia, que cantidad de recuerdos (2ª parte)

Moreno y 9 de Julio: (década del 30)- Carlos Gasparini. Heladería, Café y Bar “La Suiza”

 

En esta entrega retomamos el relato de una carta inédita que don Italo Mario Nannini le escribiese a Francisco (Pancho) Pastinante

 

 

Retomamos entonces el relato de don Italo Mario Nannini, quien guardaba en su memoria intacta, conmovedoras imágenes de gracia y pureza, como delicadas perlas en ese cofre de los recuerdos y que su nostálgico mensaje dirigido a Pancho Pastinante le permitió rescatar, logrando también que nosotros transitemos los caminos de la historia de nuestro querido pueblo.


¡ DISTANCIA... QUE CANTIDAD DE 

RECUERDOS..! 

(segunda parte)

Leyendo sus "Pinceladas de Recuerdos", evoco los nombres de todos aquellos que fueron parte de la vida cotidiana; los Menicocci vivieron algún tiempo en calle L.de la Torre, frente a casa. Con Aldo recorríamos las calles del pueblo en bicicleta, él en su Bianchi y yo en mi Víctor.

Fueron mis amigos, Juan José Lupo, el hijo del Sastre; Zulema Verdechia, la hija del encargado de la Unión Telefónica y los hijos de Antonio Zucchini, Jefe de Correos. En el patio de la casa de los Zucchini, estaba estacionado un enorme automóvil, vaya a saber de qué marca, que el Jefe se había ganado con una marquilla de los cigarrillos "Fontanares".
 
Y las máquinas, las que accionaban las trilladoras. Ese espectáculo que los chicos disfrutábamos cada año cuando salían hacia las cosechas. Esas máquinas arrastraban tras sí, primero la leñera con el combustible para su caldera, luego dos casillas rodantes que eran el dormitorio del maquinista-mecánico, el foguista, el cocinero y otros empleados, al final la casilla-cocina y agregado a todo ello, como Ud. rememora los carritos aguateros.

Delante, trepado a la máquina, iba un operario, con una larga horquilla con la que levantaba los cables de luz que cruzaban las calles, para que su alta chimenea no la llevara por delante. Los chiquilines la seguíamos por cuadras, corriendo por las veredas, hasta que desaparecían en el campito, detrás de la Iglesia hacia su destino de trabajo. Las he evocado muchas veces y se las describía a mis hijos y a mi yerno, creo que no alcanzaba a transmitir su imágen. Nunca las ví en diarios, ni revistas históricas o especializadas en temas de campo.
 
La Capilla Santa Lucía, sabía por mamá su historia, pero siempre imaginé que una persona acaudalada la había hecho construir, realidad que no fue así.
 
Pepita Coroso, buena, dulce. No fue maestra mía pero me preparó mas de una vez en aritmética, materia con la que viví toda la vida en constante desencuentro.
 
Pedro Galasso, también lo recuerdo. El negro Galazo como afectuosamente se le decía en casa, muchas veces nos llevó a Rosario, en el auto de papá, cuando él no estaba.
 
Galviattí, fue el que entró a casa pálido, demudado, aquella tarde trayendo la noticia a papá de que habían asesinado a Enzo Bordabehere. Papá estaba preparando una nutria que había cazado y tal fue el impacto al enterarse de tan lamentable hecho, que se le cayó el cuchillo.

Hace cinco años estuve en Arroyo Seco, es decir en 1991. ¡Todo está tan cambiado..! Pero en mí, estaba el viejo Arroyo Seco. Dejé el auto en la esquina de San Martín y 9 de Julio y emprendí una caminata desde la esquina de Bulleraich. Recuerdo la Librería de Ruccia. En la misma cuadra, cuando vivíamos allí estaba la Sede Social del Club Unión. De pronto me paro ante un local bailable, creo que se llamaba Fiebre. Me desconcierto un poco pero recuerdo después que allí también vivió mi tío Héctor. Y luego la esquina, que fuera el Almacén de Romanini.
 
Tomando por L. de la Torre seguía la casa de Moreyra, un criollo que tenía un automóvil de alquiler y que además fue propietario de uno de los primeros colectivos; un Chevrolet con los que se iniciaron los viajes por carretera a Rosario, a $ 0.75 ida y $ 1.25 ida y vuelta. A continuación nuestra casa (L. de la Torre 233); la de Scalessi y el Almacén y "Quesería" de don Salvador Di Guglielmo. Doblando hacia el Norte la casa de Arturo Monteverde, sus dos hermanos varones, Juan, Zacarías, y su hermana Angelita.
 
Al llegar a la esquina, el comercio de los Tonelli y dando la vuelta por 9 de Julio, la Relojería de Pascual Guzzi y la Peluquería de Francisco Cayetano Porreca.
 
En la esquina de San Martín y 9 de Julio el Restaurant "La Colonia" de Chiorra; y por la vereda de esta última la Farmacia Mármora sobre cuyo mostrador estaban los caramelos chiquitos, multicolores de la "yapa" y la enorme cabeza de "Geniol" con sus clavos, tornillos, sacacorchos y alfileres de ganchos.
 
Continuando por 9 de Julio desde Belgrano hacia el Oeste se hallaba el Almacén de Julio Nannini y la Unión Telefónica (hoy Inmueble del Athletic Club).


 


Seguía la Casa del Dr. Ernesto Frontini; la Relojería de Hipólito Gonfiantini; luego venía el Sastre Pagni y la Esquina de Massagli.
 
Enfrente había un Café y Bar que además en verano vendía helados en tabletas y cucuruchos. El mobiliario, mesas y sillas se conservaban aún. Me atendió el Sr. Girdo Pollacchi, muy buena persona, muy amable.

Allí otra emoción; extrajo debajo del mostrador una libreta de Almacén de hule color negra. Era la libreta con la que compraban sus padres en el Almacén de Ramos Generales de Julio Nannini, mi abuelo; conservada casi intacta; y la letra de sus asientos... ¡ era la de mi padre..!

Crucé a la Iglesia, eran las once de la mañana. Se estaba dando misa y había mucha gente, sentí una opresión, fruto de una profunda nostalgia y salí.
 
Todavía escucho el sonar de las campanas con su sonido alegre llamando a gloria, o su tañido triste cuando se daba misa de cuerpo presente.
 
Caminé hasta la escuela Adolfo Alsina, estaba recientemente pintada, igual que cuando cursé allí la primaria. Nueva emoción, nueva alegría.
 
Crucé la plaza y volví al auto. Por unos minutos, para los que me vieron fui un extraño, sí, pero un extraño que estaba en calles amigas...
 
Y no quiero fatigarlo más. Lo felicito por sus poesías y las de su nieta Yanina, llenas de dulzura y alegría. Muchas gracias por su libro con su dedicatoria.
 
Un abrazo.
 
Italo Mario Nannini


Así llegamos al final de este nostálgico relato, a sabiendas de que la Sinfonía de los Recuerdos, sólo la perciben los Corazones Sensibles.


Material consultado: Material de archivo.

Agradecemos a: Rita Pastinante, Rosanna y Valeria Gasparini, Bety Luppo, Luis Pollacchi, Lito Cianci, Delma Nannini, Concepción Guglielmo.


* Este material fue publicado originalmente en TEMAS & NEGOCIOS.


 

 

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