23/11/15
Termina un ciclo, pero no la vieja puja por vivir mejor
Más de la mitad de los argentinos se pronunció contra el kirchnerismo en una elección en la que seguramente fueron más los que votaron hacia atrás, que hacia adelante
Más de la mitad de los argentinos se pronunció contra el kirchnerismo en una elección en la que seguramente fueron más los que votaron hacia atrás, que hacia adelante: unos fueron las urnas a ratificar el modelo instaurado en 2003 y otros a rechazar un estilo que consideraban agobiante.
En ese marco, los dos contendores fueron vehículos de la disputa planteada en la sociedad a favor y en contra del kirchnerismo.
Mauricio Macri fue quien supo capitalizar el desgaste de 12 años de gobierno del Frente para la Victoria y Daniel Scioli naufragó en medio de la contradicción de ser un oficialista que intentó despegar de la herencia, pero no tanto como para perder los votos kirchneristas duros.
Con la sola propuesta de un cambio nunca expresado en términos concretos, aunque se le adivinó la impronta neoliberal, Macri se llevó el voto de la derecha reaccionaria y el de los radicales que le entregaron a un conservador la estructura del partido más antiguo de la Argentina.
La novedad es que desde la sanción de la ley de sufragio universal en 1912, nunca un conservador declarado había logrado vencer a alguno de los partidos populares: la Unión Cívica Radical y el Partido Justicialista.
El caso del nuevo presidente electo no es el de Carlos Menem, que llegó a la Casa Rosada prometiendo salariazo y revolución productiva, para definir luego un modelo neoliberal muy lejano de las mejores tradiciones peronistas. Macri llega a la Rosada en elecciones libres y transparentes, luego de admitir que devaluará el peso, lo cual implica siempre una transferencia de ingreso en contra de los asalariados y después de que sus economistas admitieran que aumentarán las tarifas de servicios públicos, recortarán gastos fiscales y limitarán las negociaciones paritarias.
Semejante propuesta, frente a una sociedad que indudablemente mejoró su nivel de vida en términos materiales, sólo podía triunfar si a cambio el retador ofrecía un estilo de conducción distinto al de los últimos años.
"Ustedes hicieron posible algo que parecía imposible", les dijo Macri a sus votantes en su primer discurso como presidente electo, en el que planteó que la Argentina asistía "a un cambio de época". Finalmente, el fin de ciclo que la oposición cacareó desde la disputa del gobierno con el campo, parece haber llegado.
Para conseguir una victoria con promesa de ajuste, Macri contó no sólo con el voto derechista sino con el tradicional sufragio radical y el apoyo de buena parte de los progresistas, que habían votado en la primera vuelta a Margarita Stolbizer. Pero además produjo el milagro de que lo eligieran votantes de la derecha peronista, que habían sufragado por Adolfo Rodríguez Saá y fundamentalmente por Sergio Massa en la primera vuelta.
En estos electores, pesó menos la antinomia peronismo-antiperonismo que el deseo de castigar al kircherismo por su estilo, insinuado en la elección legislativa de 2013 y cristalizado en el último año de gobierno de Cristina Fernández.
Algunos dirigentes del Frente Renovador habían advertido antes del balotaje que un peronista nunca votaría a un "gorila", pero Mauricio Macri y el encono contra el estilo kirchnerista, lo hicieron posible.
Más allá de los límites con los que se topa el exitoso modelo de substitución de importaciones, crecimiento e inclusión, que se expresa fundamentalmente en la restricción externa, el cambio de gobierno se dará en un marco muy distinto a los que se produjeron desde la recuperación democrática de 1983: Cristina Fernández le deja a Macri un país desendeudado, con un elevado nivel de empleo y de consumo.
Acusada sistemáticamente por una prensa implacable, la presidenta se retira sin haber apelado a conseguir fueros legislativos que la protejan en el futuro y con un país mucho mejor que el que heredó su marido y mentor.
Por la misma razón, cabe al oficialismo preguntarse por qué pierde una elección luego de haber producido 6 millones de puestos de trabajo, de haber jubilado a 3,5 millones de abuelos, de haber protegido a 3 millones de pibes y de haber fomentado el consumo popular.
¿Se explica por el desgaste natural de 12 años de gobierno? ¿Fue un castigo al estilo, a los modales del gobierno? ¿Habrá triunfado por fin el ametrallamiento mediático cotidiano impulsado por poderosos intereses afectados? ¿Habrá impulsado a un mal candidato? ¿O será que la sociedad digirió las mejoras kirchneristas y requiere más?
Tal vez haya un poco de cada uno de esos ingredientes en la derrota oficialista, que abre un escenario totalmente distinto. Porque puede haber terminado un ciclo, pero -después de todo- la lucha histórica entre un país para todos y otro para pocos, no se clausura con una elección. Es sólo un capítulo importante de la vieja disputa.
por: Alberto Dearriba - Tiempo Argentino