24 Feb

"Hay muchos adolescentes con depresión y los padres no lo advierten"

Imagen ilustrativa

 

 

 

"Llegan al consultorio niños, niñas, adolescentes o jóvenes que son traídos por sus padres por falta de atención, porque cambiaron sus conductas, porque están intolerantes, furiosos, desatentos o porque los ven aislados. Y cuando uno empieza a trabajar aparece lo depresivo e incluso la depresión como entidad. Hay muchos chicos sin el diagnóstico adecuado". José García Riera se refiere a lo que ve, con frecuencia, tanto en el ámbito público como privado de la salud mental de Rosario. Médico psiquiatra especializado en psiquiatría infanto juvenil, tiene una experiencia académica y clínica de más de 40 años.

En una entrevista realizada por Florencia O Keeffe, publicada hoy por el Diario La Capital, el profesional señaló que la depresión y la ansiedad se ocultan muchas veces —en los chicos y chicas— otras conductas que los progenitores naturalizan o minimizan. "Ojalá los padres recuperaran la intuición", enfatizó.

García Riera señala que los padres están inmersos en sus propias ansiedades, sus problemas, su falta de satisfacción. Si acompañan a los chicos en las tareas lo hacen mirando su propia pantalla. Los que tienen trabajo están sobrepasados, angustiados, y ni hablar aquellos que lo han perdido. "El contexto nos empuja al consumo, a la inmediatez, a quererlo todo ya. Tolerar la espera se convirtió en un problema", y agregó: "Todo esto repercute directamente en los niños y adolescentes pero los adultos no siempre lo ven".

Riera es profesor titular de la Cátedra de Psiquiatría de Niños de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNR. Esa cátedra tiene a su vez varios departamentos y un centro de día que brinda atención en el campo de la salud mental a los sectores más desprotegidos.

—¿Qué observa hoy en su servicio?

—... es terrible la problemática del uso y abuso de sustancias ilícitas. Y lo complicado es que cada vez se naturaliza más...  Es un tema serio. Vemos los atravesamientos de la violencia que van de la mano con el abuso de sustancias, entre otras cuestiones. La falta de contención familiar, la claudicación del sistema escolar, los cambios de paradigma que no se van reemplazando o que aún no nos permiten ver hacia adónde vamos, porque es como el daño ecológico, lo notamos cuando ya ha pasado.

En una parte de la entrevista el Dr. Riera señala:" Los padres están en su mundo, seducidos por la tecnología, apabullados por los problemas de todo tipo que cada vez son mayores... Lo que está incrementado es el nivel de estrés ambiental. Entonces, de distinta manera, este estrés impregna todas las áreas del sujeto. Una de las cosas novedosas que vamos viendo es la notoria falta de tolerancia a la frustración... Pasan distintas cosas: el vértigo de los tiempos es la inmediatez, es lo quiero ya, ahora, no hay espera. Vemos que tolerar la espera ya es un problema. Y tolerar la frustración es otro gran problema. Los profesionales debemos empezar a preguntarnos, a investigar eso: la baja tolerancia a la frustración".

—¿Tiene que ver con la imposibilidad de poner límites en el proceso de la crianza?

—Es que nos fuimos a otro extremo y esto es cada vez más laxo, más laxo y endeble. Hay una gran indiferenciación, los límites son cada vez más difusos, se corren. Pero no podemos olvidar que el límite es la baranda, la que te ayuda a agarrarte si te caés, la que te separa del vacío y cuando eso es endeble pasa lo que pasa.

—Tampoco se soporta mucho el aburrimiento...

—Más que el aburrimiento no se soporta no estar estimulado, que no es lo mismo. No lo soporta el chico y tampoco lo soporta el adulto. Esta es la carga de la cultura, son los atravesamientos que se dan. Aquella transmisión televisiva que se terminada a tal hora con esa barra de colores y ese "pip" insoportable obligaba a hacer algo o a irse a dormir. Ahora sigue, y sigue y sigue, con los videojuegos, con los celulares, las redes...Esto es cultural, de acuerdo, pero no hay que olvidar que quien está despierto algo consume. Consume luz, café, gaseosas, drogas, sexo, pornografía, Netflix, y si no tiene nada de esto sale a buscarlo...

— Es un mundo más despierto...

—Sí, pero no más despabilado. Es un mundo más estimulado.

— ¿Esto arrastra a los niños y adolescentes a mayor cantidad de trastornos?

—Cuando digo lo de ser estimulado me refiero al estímulo-respuesta, a la gratificación-acción, a la acción-gratificación. No se plantea la reflexión. Encima, al ser gratificante querés más y cada vez más rápido.

—¿Qué síntomas trae todo esto?

— Por supuesto los problemas en el sueño, las conductas disruptivas justamente vinculadas a un combo que es la falta de tolerancia a la frustración, el exceso y búsqueda del estímulo y las sensaciones, el abuso de sustancias, la impulsividad pre-existente (que muchas veces está contenida biológicamente pero si la estimulamos con cocaína o anfetaminas arranca y no se sabe dónde para). Mucho de esto se canaliza hacia la agresividad. La esencia de la adolescencia no ha cambiado pero sí las formas de manifestarse.

— ¿Cuántos, finalmente, tienen un diagnóstico de patología mental?

—Separaría acá a las poblaciones. La gente que recibimos en este servicio público está mayoritariamente muy afectada por el contexto, por la carga biológica, por la desnutrición, por la desinformación que llevó a muchos de estos chicos o jóvenes a un sufrimiento fetal, por ejemplo. Después está la población que atiendo en mi consultorio, en la parte privada, que es gente que permanece en el sistema aunque no puede evitar los embates del sistema. No pueden escapar al estrés de los padres, ese estrés que los hijos sienten, viven, perciben. Y si tengo que decir qué me llama la atención: la depresión y la ansiedad. Dos factores subyacentes al motivo de consulta. Muchas veces vienen los adultos a preguntar al profesional porque el niño, niña o adolescente tienen problemas de atención, porque todo el día están de mal humor o insultan, porque tienen miedo de que se metan en alguno de esos juegos macabros que circulan por internet e incitan al suicidio, o porque lo ven encerrado demasiado tiempo o tirado en su cama, o porque tiene nuevas compañía o demasiados problemas en la escuela con los compañeros. Pero allí, al empezar a trabajar, uno ve en el adolescente lo depresivo. Pero también la depresión como entidad, que cursa con dolor emocional, con angustia, con llanto, con alteraciones de la autopercepción; aparecen los cortes, las autolesiones, entre otros síntomas. Y vemos a la par la naturalización de estas situaciones que los ponen en riesgo.


—¿Cómo estar atento a estas señales? ¿Vale confiar en la intuición, esa que dice que algo anda mal aunque no sepamos qué?

— Ojalá los padres recuperaran la intuición, porque es como el olfato, cumple una función. Al olfato lo hemos llenado de perfumes, lo fuimos "engañando" pero es una función que si se usara como corresponde hasta podríamos olfatear el peligro. Con la intuición pasa lo mismo, la fuimos dejando de lado cuando es muy importante. Entonces, los padres han sido tan aleccionados, se les han facilitado tanto ciertas cosas, que pierden esa función y se guían por lo que dice el afuera.

— La atención materna y paterna está puesta en otros lugares...

— Sí, en los pares, que son otros grupos de madres y padres que tienen las mismas dudas, los mismos problemas, lo mismos miedos, las mismas ansiedades, los mismos intereses... En los 80 hablábamos de los límites y ya surgía eso de que la familia debía ser democrática y que los roles no deben ser tales, pero los roles son necesarios, yo diría que son fundamentales. Hay que recuperarlos por el bien de los adultos y por el bien de los hijos

 

 

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